En cuanto los tiroteos empezaron a arrebatarnos ese momento y a ensordecernos los oídos, acercándose de manera prácticamente impredecible, nos fuimos corriendo a la moto dispuestos a salir volando de allí. Emprendimos dirección hacia un descampado donde nos escondimos detrás de unas balas de paja. Por un rato, pudimos estar prácticamente seguros. Juan me miró con unos ojos tiernos y sinceros, a la vez que me preguntó el porqué de mi obsesión por Marcus.Le conté mi relación de maltrato físico y psicológico con Ramiro y pareció entender cada una de mis palabras a la perfección; sabía qué decirme en todo momento e incluso a veces sentía que podía acabar la frase justo con las palabras exactas que a mí me costaba tanto pronunciar. De todos modos, no podía olvidar lo que acababa de decirme. No podía evitar pellizcarme los dedos de la mano de vez en cuando para comprobar que todo lo sucedido hasta el momento era real, porque la transición de los hechos y su intensidad había provocado cierta confusión en mi cerebro. Primero mi relación desastrosa con Ramiro, que había provocado una cantidad impresionante de moratones y de sentimientos rotos; a continuación, mi viaje repentino a Italia para empezar una vida nueva y así no arriesgarme a sufrir de nuevo por amor, a pesar de que luego había decidido ser yo quién lo fuera a buscar a Irán; mi relación con Francesco y esa escena que prefería no recordar, ya que mi mente se encontraba ya de por sí bastante aturdida; y por último, la declaración amorosa que me acababa de soltar Juan.Mi vida precisamente no era de cuento de hadas, sino más bien un drama de esos que hacen llorar a todas las adolescentes. Así que después de todo tenía que tomar la decisión más importante de toda mi vida. Pero… ¿sería la mejor opción? (Carla Ferrer)
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